En este escenario electoral, el debate político se ha envilecido. No se trata de un intercambio de argumentos de carácter ideológico o filosófico respecto al fundamento teórico de las propuestas de gobierno.

Lo que podemos denominar como “discursos políticos”, especialmente de los partidos políticos de oposición, están dirigidos a desgastar al candidato, que según muchas encuestas ganaría en primera vuelta.

Evo Morales es el blanco de una estrategia de la llamada “guerra sucia” naturalizada, en nuestra práctica política.

Un primer apunte nos plantea el por qué no se ha penado la “guerra sucia” en la Ley de Partidos políticos. La política no puede ser rebajada a un nivel de pelea callejera donde se escuchan las más variadas expresiones disparatadas y ofensivas. Permitir un lenguaje procaz y virulentamente racista, escudados en el anonimato que hoy permiten las redes sociales, es alimentar un sentimiento violento que está reemplazando al debate, no precisamente entre candidatos, sino en la vida cotidiana de toda la población boliviana.

Uno de los argumentos centrales en este discurso de “guerra sucia” es el tema de la crisis económica, que machaconamente repiten varios candidatos a presidentes, senadores y diputados; tratando de imponer una idea, contraria a todas las organizaciones internacionales que se ocupan de realizar un seguimiento a los comportamientos económicos de los países.

Cuando no se puede debatir acerca de las pruebas palpables de un éxito económico y social, la guerra sucia se enfoca en lo que se denomina “argumento ad hominem”, que es cuando se ataca a la persona no por lo que hace o piensa sino por lo que es, en el caso del presidente Morales se ataca su condición de indígena, y con igual intensidad el no tener educación universitaria.

El ataque a la condición indígena, es una constante desde el año 2008, cuando en el país se desató una ola de violencia racista, que se detuvo de manera momentánea, pero se mantuvo la actitud, presente en las redes y en varios medios de comunicación. El racismo es un problema estructural en Bolivia, las constantes masacres campesinas han naturalizado una jerarquización social no superada desde los años coloniales.

El prejuicio racista está acompañado de un discurso acerca del saber y el conocimiento, el pensamiento racista tiene como única verdad sus creencias; por eso tiende a calificar a quienes no han tenido una educación universitaria como “incultos” sin tomar en cuenta que existen otras formas de adquirir conocimiento, este prejuicio deja de la do toda una epistemología desarrollada por los pueblos originarios; la estrechez de pensamiento no permite aceptar, que, por ejemplo Franz Tamayo nunca pisó la universidad.

El argumento ad hominem más perverso es el que se refiere al ámbito privado de la vida y es aquí donde ya se ensayó, con éxito, una trama para perjudicar a Evo Morales, hoy la experiencia se repite seguramente buscando el mismo efecto.

La población que hoy se encuentra expuesta a una arremetida de argumentos y noticias mentirosas tiene el desafió de saber discernir entre lo real y lo imaginado. Esta es una tarea de afirmación de la conciencia personal. 

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