El año 2003, las organizaciones de la ciudad de El Alto se tomaron para sí la defensa del gas y defendió este recurso natural, ofrendando la vida de cerca de 80 personas. Ese ha sido el precio que nos ha permitido mantener una paz relativa, sobre todo en la economía.

Ninguna familia boliviana ha tenido que lamentar la pérdida de sus ahorros, ninguna familia ha tenido que vender su casa para pagar su préstamo por la subida del dólar.

La paz relativa que hemos tenido los bolivianos y bolivianas, tiene su origen en los días violentos y de masacre que desde el mes de septiembre se fueron sucediendo en la región de Warizata y Sorata. La agresión recibida por los alteños, obligó a la clase media paceña a declararse en huelga de hambre y acelerar la caída del gobierno de Sánchez de Lozada.

No debemos olvidar que el MIR y la NFR, acompañaron, a Sánchez de Lozada, hasta el 17 de octubre, día de la caída del gobierno. Al igual que Carlos Mesa abandonaron muy tarde al gobierno que ya había desatado violencia y muertos desde el mes de septiembre.

Una terquedad propia de la soberbia de un industrial minero, se enfrentó a la decisión de un pueblo que, cansado de las medidas neoliberales decidió resistir primero y luego pasar a derrocar al gobierno.

La ciudad de El Alto, es un ejemplo de la dignidad boliviana, del coraje del pueblo boliviano y de la fuerza de la identidad. Estas cualidades siguen siendo las principales características de una ciudad que mantiene su lucha diaria, contra la exclusión y falta de atención de su gobierno local.

Los bolivianos y bolivianas, estamos obligados a reconocer la vanguardia de la dignidad nacional, que representa la ciudad de El Alto.

Las intenciones de doblegar a la ciudad de El Alto mediante divisiones de sus organizaciones matrices, mediante la compra de conciencias, no tendrá éxito, la ciudad de El Alto seguirá siendo la conciencia viva del pueblo boliviano.